miércoles 25 de febrero de 2009

Bella sin piedad: Cap 4

Cuando terminó de peinarse se lavó bien la cara y se miró en su espejito cuadrado; el que guardaba en el cajón de la cómoda y que sacaba todas las tardes para mirarse mientras se arreglaba antes de salir a la panadería o a la tienda de la Julia.
Yo tenía mis cosas sobre la mesa. Una caja de colores alpino, un lápiz, una goma, un cuaderno y unos libros abiertos. Dibujaba alguna princesa con tirabuzones y enormes ojos celestes. Casi todas las princesas de los cuentos tenían el pelo como el trigo y los ojos de turquesa, como las primas Susi y Mimí, como los ojos de hielo del Capitán Salgado. Debía ser cosa de los habitantes de la ciudad, de la falta de aire limpio o de aquella oscuridad de las calles húmedas y estrechas por donde el sol se filtraba como un delincuente.
Pero cuando ella sacaba el espejo yo paraba y la miraba. Era muy hermosa. Y en aquellos tiempos joven, aunque desde mis ojos de niña de once años una mujer de 33 era una anciana. Se peinaba con parsimonia, cepillándose suavemente la larga melena castaña y cuando terminaba vertía colonia en las palmas de las manos ahuecadas como una concha, las frotaba después y se las pasaba por la cabeza dejando a su paso un brillo mojado sobre los cabellos. Entonces parecía muy limpia. Se frotaba la cara con una toalla también empapada en colonia y se le ponían las mejillas encendidas. Entonces se mojaba la yema del índice en la punta de la lengua y se lo pasaba cuidadosamente por las cejas.
Aquella tarde descubrió una cana. La cogió con los dedos en forma de pinza y de un tirón seco la eliminó.
Él no estaba. Era Jueves Santo y los bares estaba llenos de hombres, como en cualquier tiempo del año, pero ahora, al ser fiesta, parecía que ir al bar tenía un sentido y una razón.
Era mejor que él no estuviera. Cuando él estaba llegaba el olor. Y el aire se tornaba áspero y todo parecía húmedo y cochambroso. Traía siempre esa miseria pegada a los hombros.
Aún asi su presencia se sentía en la amenaza de la noche, en su imagen dibujada contra la barra del bar, como tantas veces lo viera, con los ojos bulbosos y el rostro abotargado por el vino. Hablando con lengua de trapo, apoyado en otro borracho como él con la camisa desharapada y los pantalones caidos. Una vez vi a Mariano, uno de los que bebían con él, con la bragueta abierta y dentro de la oscuridad de aquel agujero se adivinaba un órgano rosado y blando.

Ella era muy limpia. Olía a colonia. Y cuando él no estaba no lloraba. Y las llamas calentaban con suavidad la sala y se reflejaban en los espejitos de la lámpara.

Escuchamos campanillas por la calle. Entonces se volvió a mi y me dijo que fuera guardando todo aquello porque ibamos a velar al señor.
Nada más pisar la calle me cogió la mano y se aferró a ella, como si yo fuese un bastón o una muleta. Cruzamos la plaza y antes de subir la escalinata de la iglesia otra mujer con otra niña de la mano se nos acercó y dijo algo. Ella también respondió y ambas se detuvieron unos instantes antes de entrar. La otra niña y yo nos miramos con gesto huraño. Se llamaba Conchita y su padre bebía más que el mío y su madre siempre llevaba un cardenal en la cara como un planeta que iba cambiando de posición dentro de su órbita desde el ojo izquierdo al derecho bajando por la mejilla derecha hasta la barbilla y ascendiendo por la mejilla izquierda hasta el ojo izquierdo. Y así eternamente.
Cuando terminaron de hablar las dos mujeres empuñaron sus muletas y entraron en la iglesia.
Había aquel olor a cera quemada que se metía por las fosas nasales y se enquistaba allí bloqueando la entrada de aire limpio a los bronquios. La gran nave estaba casi desierta. Retumbaban los zapatos de las dos mujeres entre las hileras de bancos vacíos. Sobre nuestras cabezas cinco inmensas lámparas de hierro negro pendían de un cable tan fino que parecía que de un momento a otro se iba a quebrar dejando caer aquellas inmensas moles sobre algún desgraciado feligrés.
A la izquierda estaba la pequeña puerta de la sacristía donde se velaba al Señor. La otra mujer empujó la puerta y sonaron las bisagras como un cataclismo. Todo estaba oscuro. No podía reconocerse a nadie. Eran solo bultos, postrados o sentados. Sólo el tablero de las lamparillas de aceite estaba iluminado de un rojo fantasmagórico que se alzaba hasta la figura del crucificado, semidesnudo, lacerado, con la cabeza inclinada y los ojos entornados y la boca semiabierta. La luz de las candelas hacía reverberar la sangre de las heridas que chorreaba en gotas esculpidas en cristal, transparentes y limpias, sobre el cuerpo apolíneo del Cristo.
Si lo pienso te quiero así. Crucificado. Desnudo. Herido. Te quiero así con la cabeza entregada, los labios dispuestos a ser besados por un beso que no sentirás nunca. Ansiosos, como los del Cristo, pidiendo una lengua cálida, suplicando un momento de vida cuando ya todo se torna oscuro e inhabitable. Te quiero así para decirte que no, que no, maldito, que no, que te odio con toda mi alma. Despreciable esclavo de mis caprichos y de mis miserias.
Avanzamos entre la tiniebla buscando un hueco vacío. Me apretaba tanto la mano que me hacía daño.
Entonces los vimos al capitán Martínez y a la tía Adela. Olía a agua corrompida y a flor de cementerio por aquel lado donde estaban los jarrones con los bouquets y las coronas. La luz de las lamparillas de cera arrancaba destellos siderales a las pulseras y los anillos.
La tía Adela hizo un gesto delicado y soberbio a la vez, un gesto de señora bien alimentada y bien vestida y bien tratada por su marido. De señora con cadena de oro y anillo con piedra buena. Indicó a ella que se sentase allí porque había hueco. Avanzamos, me hacía daño en la mano la mano de ella transformada ahora en una garra metálica.
El Capitán Salgado, postrado, se removió ligeramente para dejarnos pasar, yo me rocé más a propósito. Me detuve con mi faldita a la altura de su barbilla, me moví para hacerle padecer el roce de mis braguitas de algodón y encaje.
Después me arrodillé a su lado y me daban ganas de reir porque lo escuchaba tragar saliva.
Apenas unos minutos después dijo unas palabras al oído de la tía Adela. Al incorporarse ella sonaron las campanillas de sus pulseras. Se recolocó el abrigo sobre los hombros y el aroma a perfume de vieja se mezcló con el de las flores muertas. Me dieron ganas de vomitar.
Se enganchó del brazo de su marido y avanzaron con paso solemne hacia la salida.
Después se escuchó el tiro.
Y las voces y luego los gritos.
Ella me cogió de la mano y corrió afuera. No se podía ver casi nada. Un puñado de hombres y mujeres rodeaban algo en el nártex. Un puñado de mujeres se persignaba. Un puñado de hombres corría por la calle. Entraron cinco guardias civiles envueltos en capas siniestras y apuntaron hacia un corro de gente al fondo, donde parecía encontrarse el otro centro de atención.
El cura abrió los brazos en el altar y gritó: En la casa del señor no, llevarla fuera, sacarla de aquí.
El corro del fondo se abrió y apareció enmedio una mujer menuda y enlutada cojeando con un vaivén de campana. Era la mujer de Alberto Montañas, uno de los hombres de la sierra emboscados, torturados y asesinados por los hombres del Capitán Martínez, entonces Sargento.
Yo me abrí paso entre el grupo más grande, y llegué al objeto de la atención. El Capitán Salgado yacía en el suelo, sin sentido, sobre una mancha de sangre negra que parecía brotar de una de sus nalgas, y arrodillada junto a él la tía Adela lo sostenía como un Piedad al crucificado.
Ella me buscó y me arrancó el hermoso cuadro sin contemplaciones, corrió a la calle y cruzó la plaza arrastrándome. Llego al bar y entró protegida por la noticia. Pero él no estaba.
Se han ido cuando han escuchado el tiro, dijo un niño que se había quedado sólo detrás de la barra. Volvimos a casa y lo llamó a gritos desde la entrada. No estaba. Corrimos a la iglesia y entonces lo vio. La gente había ampliado el círculo y había dejado un corredor de entrada a la escultura viva de la piedad. Estaba también agachado y Don Eufrasio Bertos el médico trataba de contener la sangre mediante un torniquete.
Ella puso una mano sobre el hombro de él. El gritó llevate a la niña de aquí por dios, esto no es un espectáculo para niños. Entonces me cogió y me llevó a la casa. Me dejó sentada junto al fuego con un vaso de leche caliente sobre la mesa y salió de nuevo.
A la media hora volvió sola: Ya se lo han llevado al hospital, y papa se ha ido con ellos.
Se ha muerto, pregunté. No se sabe, respondió, pero parece que ha perdido mucha sangre. Mañana por la mañana iremos a verlo con tu abuelo.
Si no se ha muerto, recalqué. Claro claro si no se ha muerto.
Al rato pegaron a la puerta. Encarnita Montoro con el berraco, los primos y las princesitas de los rizos dorados. Me ha dicho el abuelo que se queden aquí esta noche todos. Nos vamos todos ahora mismo para el hospital.
Ella asintió y corrió a buscar más leche, más sillas, más mantas, más sábanas, más pijamas.
Se sentaron todos alrededor del fuego y comenzaron a contar historias de bandoleros malos. Las princesitas estaban cabizbajas, la luz de la lumbre hacía arder sus cabellos de oro. Entonces la prima Encarnita, que había venido del colegio de tontos donde se educaba, miró seriamente las hipotéticas huérfanas y dijo: De un tiro de esos no se escapa uno fácilmente.
Se me escapó la carcajada. Me miraron todos como si fuese el demonio. Y debía parecerlo riendo como una posesa iluminada por las llamas de la chimenea. Ella dijo, son los nervios y me arrancó de un tirón para llevarme a la cama.
Aquella noche él no estaba. Ni siquiera se sentía su presencia en el bar cercano ni la amenaza de su irrupción en nuestra paz. Cerré los ojos y soñé que el tiro lo había recibido él, y no en una pierna sino en el corazón.